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Ochocientos mil personas congregadas en una plaza parisina. Esa cifra podría aplastarnos con su magnitud, reducir a cada rostro a una cifra estadística. Pero hubo algo en lo que se predicó ese día que iba directo contra eso: un recordatorio de que cada uno de esos cientos de miles tiene nombre, tiene historia, tiene peso ante Dios.
Una multitud que no es multitud
La Plaza de la Concordia se llenó de gente. Familias que viajaron, ancianos que se despertaron temprano, jóvenes buscando algo que el ruido cotidiano no les daba. Lo notable no fue solo el número—aunque claro, ochocientos mil es imposible de ignorar—sino lo que se dijo en medio de esa marea de personas. El pontífice enfatizó que ninguno de esos cientos de miles es intercambiable, que en los ojos de Dios no hay números de serie, no hay «solo uno más».
Vivimos en una época donde somos constantemente digitalizados, catalogados, convertidos en datos. Nuestras vidas generan información que máquinas procesan. En ese contexto, una voz que diga «tú tienes un nombre» no es cosa menor.
La dignidad donde menos la esperamos
Jesús pasaba entre multitudes, pero se detenía. Con la mujer samaritana, con Zaqueo encaramado en el árbol, con la hemorroisa que tocó su manto. No trataba a la gente como cantidad. Cada encuentro era un acto de reconocimiento: tú importas. No porque hayas logrado algo, no porque seas excepcional en términos mundanos, sino porque eres.
Ese mensaje resuena diferente cuando se proclama ante ochocientos mil. No es un discurso para élites, no es una charla privada. Es decirle a una ciudad entera: la dignidad no es premio a los ganadores ni reconocimiento a los éxitos. Es tu derecho de nacimiento como criatura hecha a imagen de Dios.
Lo que nos pregunta esta escena
Cuando pasamos entre multitudes—en el transporte, en las redes donde somos usuarios más, en el trabajo donde somos empleado número tal—¿reconocemos el rostro? ¿Vemos la persona o vemos una obstáculo, una estadística, un problema a resolver?
La reunión masiva en París no fue importante a pesar de ser masiva. Fue importante porque recordó que lo masivo no anula lo singular. Que puedes estar rodeado de cientos de miles y seguir siendo tú, completamente tú, visto.
Una invitación cotidiana
No necesitamos ochocientos mil personas para vivirlo. Está en la cola del supermercado, en mirar a quien nos atiende a los ojos. Está en preguntar el nombre. Está en escuchar como si lo que alguien dice fuera lo único que importa en ese momento, porque para él o ella, lo es.
Dios que ves a cada uno de nosotros como si fuéramos los únicos: ayúdanos a mirar así también. A recordar, cuando estamos perdidos en la multitud, que alguien nos ve entero. Y a ver enteros a quienes pasan cerca de nosotros.
Fuente: www.aciprensa.com

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