⏱ Tiempo de lectura: 4 min
Hay un momento en toda relación donde alguien que confió en ti simplemente se va. No grita, no discute. Solo se da vuelta y se marcha. Y tú te quedas con la pregunta: ¿cuántas oportunidades necesitaba para ver que yo estaba ahí?
«Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó un lagar en ella y construyó una torre. Luego la arrendó a unos labradores y se fue lejos. Cuando llegó el tiempo de la cosecha, envió sus siervos a los labradores para recibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores tomaron a los siervos, golpearon a uno, mataron a otro y apedrearon a un tercero. Volvió a enviar otros siervos, más que los primeros, e hicieron con ellos lo mismo. Finalmente, les envió a su hijo, diciendo: ‘Respetarán a mi hijo.’ Pero cuando los labradores vieron al hijo, se dijeron: ‘Este es el heredero; venid, matémosle y nos quedaremos con su herencia.’ Así que lo agarraron, lo sacaron de la viña y lo mataron.
Cuando venga el dueño de la viña, ¿qué hará a esos labradores? Le contestaron: ‘A esos malvados los destruirá sin piedad, y arrendará la viña a otros labradores que le entregarán los frutos a su tiempo.’
¿No habéis leído nunca en las Escrituras: ‘La piedra que desecharon los constructores se ha convertido en la piedra angular; esto es obra del Señor y es admirable a nuestros ojos’?»
Mateo 21:33-44; Marcos 12:1-11; Lucas 20:9-18
Una historia de confianza traicionada
Jesús cuenta esto en Jerusalén, en los últimos días, y sus oyentes lo entienden al instante. No necesitan notas a pie de página. Los dirigentes del templo reconocen que habla de ellos, de cómo han hecho suya la casa de Dios. A lo largo de siglos, dice Jesús, el dueño ha enviado profeta tras profeta, persona tras persona, y ellos los rechazaron, los persiguieron, los mataron. Ahora envía a su hijo. Y lo que sucede es lo más brutal: lo sacan fuera de la viña y lo ejecutan.
Es Jerusalén en tiempo de Jesús. Es también cualquier momento donde el poder olvida quién le prestó la autoridad.
La lógica rota de la avaricia
Lo extraño es esto: los labradores miran al hijo y piensan que matándolo se quedarán con todo. Como si alguien desapareciera, sus derechos desaparecieran con él. Es una lógica de robo, no de lógica. Pero es lo que hace el miedo: cuando alguien ha actuado mal durante tanto tiempo, imaginando que lo que robó es suyo, cualquier reclamo legítimo del verdadero dueño parece una amenaza existencial.
No entienden —no quieren entender— que el dueño no les quita nada que sea realmente suyo. Les quita lo que le robaron. Y en su pánico, cometen el crimen final.
Ahí está el corazón de la parábola: la avaricia no solo nos hace malos. Nos hace ciegos. Nos persuade de que defendernos es atacar, que robar es tener derecho.
El hijo fuera de la viña
Un detalle golpea: «lo sacaron fuera de la viña y lo mataron.» No en la viña. Fuera. Como si lo expulsaran primero, lo exilaran, lo rechazaran completamente, antes de eliminarlo del todo. El evangelio de Mateo dirá más tarde que Jesús muere fuera de la ciudad, fuera de las murallas.
Pero luego viene la piedra: la que desecharon los constructores se convierte en la piedra angular. Lo que sacaron y tiraron, el dueño lo coloca en el lugar más fundamental. No es una parábola sobre el castigo. Es una parábola sobre cómo Dios nunca tiene la última palabra en lo que nosotros hacemos con él.
Cuando nos creemos dueños de lo que solo administramos
Tú trabajas en un proyecto, una familia, una comunidad. Es fácil empezar a sentirlo como tuyo. A protegerlo como territorio. A creer que tienes derecho a decidir quién entra y quién no, quién merece estar y quién no.
La parábola pregunta: ¿Qué sucede cuando confundes administración con propiedad? Los labradores no plantaron la viña. No cavaron el lagar. Solo labraban la tierra que alguien les prestó. Pero olvidaron eso. Y en el olvido, se volvieron capaces de cualquier cosa.
La pregunta no es académica. Ocurre en iglesias que olvidan que sirven a Dios, no a sí mismas. En familias donde uno cree que puede poseer a los otros. En movimientos que matan lo que amenaza su poder.
Para seguir meditando
¿Dónde has visto esta lógica en ti: la sensación de que algo te pertenece, cuando en verdad solo te fue confiado?
No es reprensión. Es claridad. Todos tenemos un rincón donde creemos que somos dueños cuando apenas somos cuidadores. Verlo es el primer paso para soltar lo que nos está sofocando.
¿Qué pasa en tu comunidad de fe cuando alguien cuestiona cómo se hacen las cosas?
¿Se escucha como una amenaza o como una voz que merece ser oída? La parábola sugiere que confundir autoridad con propiedad siempre termina mal.
Señor, ayúdame a reconocer qué es realmente mío y qué solo me fue prestado para cuidar. Quita de mí la ilusión de posesión que me hace ciego. Y dame el valor de escuchar a quienes me cuestionan, porque a veces la voz que rechazo es la tuya llamando.
Referencia: Mateo 21:33-44; Marcos 12:1-11; Lucas 20:9-18

Deja una respuesta