El siervo inútil: qué significa hacer lo que debes

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Hay un momento en la vida en que entiendes que nadie te debe nada. Que el hecho de que hayas trabajado duro, de que hayas hecho lo que se suponía que debías hacer, no te convierte automáticamente en alguien especial. No es un pensamiento amargo, sino liberador. Es entonces cuando esta parábola comienza a sonar diferente.

Supongamos que uno de ustedes tiene un siervo que labra la tierra o cuida el rebaño. ¿Acaso le diría cuando regrese del campo: «Ven en seguida y siéntate a la mesa»? ¿No le diría más bien: «Prepara mi comida, cámbiate de ropa y sírveme mientras como y bebo; después tú podrás comer y beber»? ¿Acaso da gracias al siervo por haber hecho lo que se le ordenó? Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les ha ordenado, digan: «Somos siervos inútiles; no hemos hecho más que nuestro deber».

Lucas 17:7-10

La pregunta que Jesús plantea

Jesús acababa de hablar a sus discípulos sobre el perdón sin límite, sobre la fe. Y luego viene con esta imagen del siervo que vuelve del trabajo y no espera reconocimiento. Los discípulos la escuchan en el camino hacia Jerusalén, cuando todavía no entienden bien quién es Jesús ni qué significa seguirlo. La parábola no responde a una pregunta explícita. Es más como si Jesús dijera: «Escuchen, esto es lo que quiero que entiendan sobre estar conmigo». No es sobre cómo ser recompensados. Es sobre qué significa realmente servir.

El trabajo no tiene precio de catálogo

Aquí está lo que la mayoría pasamos por alto: Jesús no está siendo duro con el siervo. No está diciendo que merece ser maltratado. Lo que dice es algo más profundo. Cuando haces lo que debes, cuando cumples tu propósito, no estás en transacción con Dios. No es un intercambio donde tú das y él te debe algo. El siervo labra la tierra porque eso es lo que hace. Vuelve, sirve a su amo, y luego come. No porque merece un banquete, sino porque ese es el orden natural de las cosas. Y en eso hay una paradoja: cuando dejas de esperar reconocimiento, cuando simplemente haces lo que has sido llamado a hacer, es cuando finalmente estás libre.

La trampa del mérito

Lo incómodo de esta parábola es que nos muestra que vivimos muchas veces como si le debiéramos un reconocimiento a Dios cada vez que hacemos algo bueno. «Mira, Señor, fui amable hoy. Fui honesto en mis negocios. Ayudé a alguien. ¿Ya?». Suena infantil escrito así, pero es lo que hacemos. Guardamos la cuenta. Esperamos que el universo note nuestro esfuerzo. Jesús dice que eso no es cómo funciona. El servicio verdadero no viene con un recibidor. No viene con una nota que diga «a ser recogido». Viene porque es lo recto, lo debido, lo que se espera de alguien que dice seguir a Dios. Y justo cuando sueltas la expectativa de ser reconocido, algo cambia en ti.

Vivir sin deuda imaginaria

Mira a tu propia vida. Tal vez has sido un padre o una madre responsable durante años. Has estado presente, has sacrificado cosas, has cuidado a tus hijos. ¿Esperas que algún día ellos reconozcan todo lo que hiciste por ellos? Probablemente sí. Y probablemente ese es el momento en que la parábola te toca. Porque si vives tu paternidad esperando una deuda futura, nunca estarás realmente libre. O quizás trabajas con integridad, haces bien tu trabajo, y esperas que algún día alguien lo note, que te asciendan, que finalmente reconozcan tu valor. Mientras esperas eso, ¿en qué lugar vive tu paz? La parábola no dice que no mereces reconocimiento. Dice algo más radical: que tu valor no depende de que alguien lo declare.

Para seguir meditando

¿De qué reconocimiento no puedes soltar, aunque diga que no te importa?

A veces la respuesta nos sorprende. No es siempre algo grande. Puede ser la aprobación de un padre, la admiración de un colega, la gratitud de alguien que ayudaste. Notar dónde guardas esa expectativa es el primer paso.

¿Hay algo que haces en tu vida sin necesidad de que te lo agradezcan?

Eso que haces sin acumulación de deuda es donde probablemente vives más libre. Ahí está la pista de qué significa servir.

Enséñame a hacer lo que debo sin contar los pasos. A vivir mis días sin guardar cuentas. Y cuando la expectativa quiera regresar, ayúdame a soltar la mano que la sostiene.

Referencia: Lucas 17:7-10


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