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Hay algo que hacemos todos sin darnos cuenta: queremos controlar hasta lo incontrolable. Plantas en una maceta, esperas que crezca, y entonces empiezas a regarla más de la cuenta, a moverla de lugar buscando la luz perfecta, a preocuparte si no crece al ritmo que imaginabas. Como si tu ansiedad fuera a hacer algo.
Jesús vio esto en sus oyentes. Vio gente tensa, buscando señales de que el reino de Dios estaba llegando. Y les contó una historia tan simple que casi nadie se da cuenta de lo revolucionaria que es.
«El reino de Dios es como un hombre que siembra semilla en la tierra. Se duerme y se despierta, noche y día, la semilla germina y crece sin que él sepa cómo. La tierra por sí sola produce fruto: primero el tallo, luego la espiga, luego el grano lleno en la espiga. Y cuando el fruto está maduro, enseguida mete la hoz, porque ha llegado la cosecha».
Marcos 4:26-29
Una parábola para los impacientes
Jesús está en medio de sus discípulos después de contar la parábola del sembrador. Ellos tienen preguntas: ¿cuándo llega el reino? ¿Qué tenemos que hacer? ¿Cómo sabremos que está funcionando? La tensión es palpable. Quieren ver resultados, pruebas, movimiento. Y entonces Jesús, con una paciencia casi burlona, cuenta la historia de un hombre que siembra y luego… se va a dormir. Se va a dormir. Mientras el trabajo más importante que existe ocurre sin él.
El trabajo que ocurre cuando dejas de trabajar
Lo que late en esta parábola es algo que choca con todo lo que nos han enseñado: que el crecimiento no depende de tu esfuerzo. No es que el esfuerzo no importe. El hombre siembra la semilla; eso requiere acción. Pero después de eso, sucede algo que ningún trabajo tuyo puede forzar. La semilla germina. Crece. Se desarrolla. Por una lógica que está en la naturaleza misma, no en tu voluntad.
Cuando Jesús dice que «la tierra por sí sola produce fruto», está hablando de un mecanismo que funciona independientemente de tu vigilancia. No necesita que la mires todo el tiempo. No necesita que rezo más fuerte, que trabajes más horas, que controles cada variable. Necesita que confíes en algo más grande que tu control.
El detalle de la noche y el día
Nota esto: el hombre «se duerme y se despierta, noche y día». No está angustiado. No está despierto a las tres de la mañana pensando en la semilla. Come, duerme, vive su vida mientras la semilla hace lo suyo. Ese ritmo normal de dormir y despertar es casi una provocación para el que quiere controlarlo todo. Es como si Jesús dijera: tu vida sigue. Las cosas crecen mientras tú descansas. El reino no necesita tu insomnio.
Cuando tu control no es tu fe
Hoy confundimos mucho la fe con la acción incesante. Creemos que si paramos, si descansamos, si no estamos constantemente «haciendo algo» respecto a nuestras metas, nuestras oraciones, nuestros sueños, entonces estamos siendo pasivos o perezosos. Pero esta parábola sugiere algo diferente: que hay un momento en que tu rol no es trabajar más, sino confiar. No es ocuparte más, sino soltar.
Piensa en alguien que está tratando de llevar a un amigo hacia la fe, o tratando de sanar una relación rota, o esperando que algo que sembró años atrás finalmente dé fruto. En algún momento, todo lo que puedas hacer —hablar, rogar, manipular, controlar— se convierte en un obstáculo. La semilla necesita que te apartes. No para siempre. Solo lo suficiente como para que ella crezca.
Para seguir meditando
¿Hay algo que ahora mismo estés intentando forzar a crecer?
Quizá no sea malo que lo nombres honestamente. A veces descubrir dónde estamos excavando alrededor de la semilla, preocupándola, es el primer paso para entender qué significa realmente confiar.
¿Qué pasaría si hoy descansaras de algo que has estado intentando controlar?
No para abandonarlo. Solo para ver si el crecimiento continúa sin tu vigilancia constante. La mayoría de las veces, ocurre. Y eso cambia todo.
Dios, ayúdame a aprender la diferencia entre hacer mi parte y pretender ser tú. Dame el descanso de quien ha sembrado bien y confía en que la tierra sabe su oficio. Y dame la paciencia de dejar crecer sin controlar.
Referencia: Marcos 4:26-29
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