El fariseo y el publicano: La oración que Dios escucha

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Hay momentos en los que nos sorprendemos a nosotros mismos siendo mejor de lo que creíamos. Un gesto pequeño, una decisión inesperada. Y luego, casi sin darnos cuenta, empezamos a contarlo. A hacerlo saber. Como si el valor de la acción dependiera de que otros lo vieran. Jesús conocía bien esa tentación. Y un día, frente a sus discípulos, contó la historia de dos hombres que subieron al templo a orar. Solo que en sus corazones, uno llevaba mucho más que palabras.

Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo y el otro publicano. El fariseo, de pie, oraba así consigo mismo: «Dios mío, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces a la semana y doy diezmo de todo lo que gano». El publicano, en cambio, se quedó a distancia y no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: «Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador». Pues bien, os digo que este último bajó a su casa justificado, pero el otro no. Porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.
Lucas 18:10-14

Dos formas de estar ante Dios

Jesús cuenta esto después de hablar sobre la perseverancia en la oración. Sus oyentes serían gente que conocía bien a los fariseos: maestros respetados, guardianes de la Ley, hombres visiblemente devotos. Pero algo en su forma de vivir la fe le parecía a Jesús que iba al revés. No es que criticara el rigor o la disciplina. Lo que le dolía era que se hubiera convertido todo en una demostración. La oración del fariseo no es mala por lo que dice: ayuna, diezma, es honesto. Es mala porque ya no es una oración. Es una comparación. Es una forma muy inteligente de decirle a Dios: «Mira qué bien lo hago. Mira cuánto mejor soy que ese tipo de allá».

Cuando la virtud se convierte en espejo

Hay algo que casi nadie nota en esta parábola, y es que el fariseo habla la verdad. Probablemente ayuna de verdad, diezma de verdad, no roba ni comete adulterio. Pero cada acto bueno se le ha convertido en espejo. No ve a Dios; se ve a sí mismo reflejado en la ley. El publicano, en cambio, está roto. No tiene nada con lo que negociar, nada con lo que impresionar. Solo tiene su verdad: «Soy un pecador». Y en esa desnudez, encuentra lo que el otro perdió: el camino hacia Dios. La oración no es un informe de lo que hemos hecho. Es un acto de honestidad brutal. Es reconocer que, sin Dios, no somos nada. Que nuestras obras buenas no nos compran nada. Que la gracia no se gana; se recibe.

Lo que duele reconocer

Esta parábola incomoda porque contradice nuestra lógica de recompensas. El fariseo hizo todo bien. El publicano, probablemente, no. Sin embargo, es el publicano quien regresa justificado a casa. ¿Cómo puede ser? Porque la justificación no viene de lo que hacemos, sino de cómo nos vemos a nosotros mismos ante Dios. El fariseo está tan lleno de sí que no hay lugar para Dios. El publicano está tan vacío que Dios puede entrar. Es incómodo porque la mayoría de nosotros vivimos como el fariseo: acumulando méritos, listando nuestros logros, esperando que alguien diga: «Vaya, lo hiciste bien». Y Jesús nos dice: eso no es fe. Eso es narcisismo.

Cuando juzgamos desde la distancia

Hay publicanos hoy. Gente que se siente lejos de Dios porque cometió errores, porque su vida no se parece a la de otros, porque se arruinó. Y hay fariseos hoy también: personas que han construido una vida respetable y honesta, pero que han confundido el cumplimiento con la fe. El publicano está donde tiene que estar: reconociendo su necesidad. El fariseo está donde menos debería: solo con su propia perfección. Si hoy te ves reflejado en el fariseo, la pregunta no es «¿qué tengo que cambiar?». La pregunta es: «¿qué me cuesta admitir que no puedo hacerlo solo?». Si te ves en el publicano, la noticia es sencilla: estás en el lugar correcto. Exactamente donde la gracia puede hallarte.

Para seguir meditando

¿Cuándo fue la última vez que oraste sin tener nada que presumir?

No se trata de sentirse mal por tus logros. Se trata de permitirte un momento donde no los defiendas, donde no los cuentes, donde simplemente reconozcas: «No sé qué hacer. Te necesito». Esa honestidad es donde empieza todo.

¿A quién juzgas en tu comunidad como si fuera el publicano de la historia?

A veces nos cuesta ver la fe en quien ha caído, en quien comete errores visibles. Pero la parábola sugiere que a veces el que se siente más lejos es el que está más cerca de Dios. ¿Quién necesita que le quites la etiqueta de «pecador» para que pueda encontrarse con la gracia?

Dios, quítame el peso de mis propios méritos. No quiero ser mejor que otros. Solo quiero ser honesto contigo. Abre mis ojos para ver dónde verdaderamente necesito tu perdón, porque es allí donde encuentro tu paz.

Referencia: Lucas 18:10-14


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