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Imagina que alguien te pregunta quién merece tu ayuda. No en teoría: en la vida real, cuando tienes prisa, cuando es incómodo, cuando esa persona es diferente a ti. ¿Qué responderías? Probablemente algo seguro, algo que suene bien. Pero Jesús contó una historia que desmorona nuestras respuestas seguras.
En respuesta, Jesús dijo: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de unos bandidos. Lo desnudaron, lo golpearon y se fueron dejándolo medio muerto. Sucedió que viajaba por ese camino un sacerdote; al verlo, se desvió y pasó de largo. Así mismo llegó un levita a ese lugar; al verlo, se desvió y pasó de largo. Pero un samaritano que viajaba por el camino llegó a donde estaba el hombre y, viéndolo, se compadeció de él. Se acercó, le curó las heridas con vino y aceite, y se las vendó. Luego lo montó en su propia bestia, lo llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacó dos monedas de plata y se las dio al posadero. «Cuídate de este hombre —le dijo—, cuando regrese, yo te pagaré los gastos que hayas tenido.» ¿Cuál de estos tres piensas que fue el prójimo del que cayó en manos de los bandidos?» El experto en la ley respondió: «El que se compadeció de él.» Jesús le dijo: «Anda, entonces, y haz tú lo mismo.
Lucas 10:30-37
La pregunta que lo cambió todo
Un experto en la ley se acercó a Jesús con una pregunta aparentemente inocente: «¿Quién es mi prójimo?». Parecía una pregunta legítima. Los escribas pasaban la vida estudiando la ley, y el amor al prójimo estaba allí, en el Levítico. Pero la pregunta llevaba un peso oculto: ¿a quién le debo ayuda? ¿A todos? ¿Hasta dónde llega mi responsabilidad? Jesús no respondió con doctrina. Contó una historia que hizo la pregunta casi absurda. Porque cuando acabó, el experto ya no preguntaba quién era su prójimo. Entendía que la pregunta estaba invertida.
El escándalo de quién ayuda
Hay algo que hirió profundamente a los oyentes de esta parábola. El sacerdote y el levita eran los guardianes de la ley, los consagrados, los correctos. Pasaron de largo. Pero el héroe era un samaritano. Para un judío del primer siglo, esto era casi una blasfemia. Los samaritanos eran enemigos, herejes, impuros. La gente que te cruza la calle. La que tiene otras creencias. La que tus padres te dijeron que evitaras.
Y Jesús dice: ese es el que entiende qué significa amar. No quien recita bien la ley. No quien tiene el puesto correcto. Quien se acerca. Quien toca. Quien paga. Quien vuelve. El desprecio se convierte en el ejemplo de lo que debería ser un corazón humano.
Lo que nos duele escuchar
La parábola incomoda porque expone algo que preferimos no ver. El sacerdote y el levita no eran malvados. Probablemente tenían razones: el camino era peligroso, podría ser una trampa, tal vez había otras personas más cercanas, tenían obligaciones en el templo. Son las excusas que nosotros mismos damos cada día. Y Jesús no dice que estuvieran equivocados en la teoría. Dice, sin palabras, que estaban equivocados en la vida.
Lo verdaderamente inquietante es que el samaritano no delibera. No calcula riesgos. Simplemente actúa. «Se compadeció» dice el texto. La compasión no es un sentimiento que analiza; es un impulso que atraviesa las barreras que hemos construido.
Cuando el prójimo eres tú el herido
Algunos de nosotros estamos en el camino a Jericó. Heridos por la vida, pasados por alto por quienes deberían ayudar, esperando que alguien se detenga. Otros somos transeúntes que cruzamos historias de dolor cada día. La parábola toca ambos lados. Si eres quien está en el suelo, quizá descubras que la ayuda viene de donde menos la esperabas, de quien menos lo merecía. Si eres quien pasa, la pregunta es diferente: ¿qué te paraliza? ¿Miedo? ¿Indiferencia? ¿Creencias sobre quién merece tu tiempo?
Para seguir meditando
¿Quién fue el samaritano en tu vida? ¿Quién se detuvo cuando nadie más lo hizo?
Ese rostro, ese gesto, esa decisión de alguien a quien no le importaron las barreras que los separaban. Lleva ese recuerdo contigo esta semana. No como culpa, sino como testimonio de que la compasión existe.
¿A quién pasaste de largo esta semana sin verlo realmente?
No se trata de culpabilidad. Se trata de despertar. Mañana es otra oportunidad de detenerse, aunque sea un minuto. De escuchar, aunque sea incómodo. De reconocer que el prójimo no es una idea: es la persona que tienes enfrente.
Señor, abre mis ojos para ver a quien me cruza el camino. Suelta mis manos para que se acerquen. Y que la compasión sea más fuerte que mis prejuicios, mis miedos, mis prisas. Que sepa ser vecino como el samaritano supo serlo.
Referencia: Lucas 10:30-37
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