Los niños en la plaza: cuando rechazamos lo que no pedimos

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Imagina una plaza llena de niños. Algunos tocan la flauta, esperando que otros bailen. Otros entonan lamentos, esperando que lloren con ellos. Pero los demás no hacen nada de eso. Se quedan ahí, inmóviles, criticando. Eso es lo que pasa cuando nos empeñamos en que el mundo sea exactamente como lo imaginamos, sin importar lo que realmente nos ofrecen.

Jesús dijo: «¿A quién compararé esta generación? Se parece a niños sentados en la plaza que gritan a otros: ‘Tocamos la flauta para ustedes y no bailaron; entonamos lamentos y no se golpearon el pecho.’ Porque vino Juan, que no comía ni bebía, y dicen: ‘Tiene un demonio.’ Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: ‘Miren, un glotón y bebedor de vino, amigo de publicanos y pecadores.’ Pero la sabiduría ha sido justificada por sus hechos».
Mateo 11:16-19; Lucas 7:31-35

El momento en que Jesús se siente incomprendido

Jesús acababa de hablar de Juan el Bautista. Sus discípulos le habían traído una pregunta incómoda: ¿Eres tú el que debe venir, o esperamos a otro? Juan estaba en la cárcel, dudando. Y Jesús, en lugar de responder con irritación, señala algo más profundo. Mira a su alrededor y ve a una generación que no sabe qué quiere. Se queja de todo. Rechaza a Juan por su austeridad. Rechaza a Jesús por su libertad. Rechaza a ambos, pero por razones opuestas. La parábola nace de ese momento de cansancio, pero no amargo: es la tristeza de quien ve a otros perdidos en sus propias exigencias.

El rechazo disfrazado de criterio

Hay algo cruel en esta imagen. Los niños no solo se niegan a jugar: además culpan a los otros por no tocar la música correcta. Es decir, convierten su propia incapacidad en un defecto ajeno. Lo que Jesús ve en su generación es exactamente eso: una habilidad para rechazar sin preguntarse qué es lo que realmente buscan. Juan vino llamando al arrepentimiento, y lo rechazaron por «demasiado severo». Jesús vino trayendo libertad y perdón, y lo rechazaron por «demasiado permisivo». ¿Ves? El problema no es la música. Es que estos niños no vinieron a bailar ni a llorar. Vinieron a encontrar razones para no moverse.

Lo que nos incomoda

Esta parábola duele porque nos reconocemos. Todos tenemos un guion de cómo debería verse la fe, la iglesia, el mundo. Y cuando algo no encaja en ese guion, en lugar de preguntarnos si tal vez nuestro guion es demasiado pequeño, lo rechazamos. Rechazamos al profeta porque no viste como esperábamos. Rechazamos al mentor porque su método no es el nuestro. Rechazamos a Dios, a veces, porque no actúa a nuestro tiempo. Y lo peor: hacemos que ese rechazo parezca un acto de sabiduría. La parábola nos mira fijo y pregunta: ¿De verdad viniste buscando verdad, o viniste buscando confirmar lo que ya creías?

Cuando el discernimiento se convierte en excusa

Hoy esto toma muchas formas. El que dice «ese predicador no me llena» sin preguntarse qué buscaba llenar. El que rechaza a alguien diferente en su comunidad de fe porque «no es nuestro estilo». El que ve un camino nuevo de servicio y lo descarta porque no es como antes. Nos hemos vuelto expertos en encontrar grietas, en notar lo que falta, en señalar lo que está mal. Mientras tanto, la vida que se nos ofrece pasa de largo. Los niños siguen en la plaza, y la música sigue sonando, pero nadie baila.

Para seguir meditando

¿Qué rechazo disfrazado de criterio estoy cargando?

Piensa en algo o alguien que rechaces regularmente. ¿Es porque realmente no sirve, o porque no es lo que imaginabas? A veces el rechazo viene de una imaginación demasiado estrecha, no del objeto rechazado.

¿A quién estoy pidiendo que toque la música que yo quiero escuchar?

Todos tenemos personas en nuestras vidas a las que exigimos que sean de cierta manera. La pregunta es: ¿Están siendo fieles a sí mismas, o solo estoy esperando que confirmen mi visión del mundo?

Dios, enséñame a reconocer cuando estoy pidiendo la canción equivocada. Hazme flexible, curioso, dispuesto a escuchar lo que no pedí. Y cuando venga lo inesperado, que sepa bailar.

Referencia: Mateo 11:16-19; Lucas 7:31-35


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