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Hace poco, el Papa León XIV dirigió un llamado a los jóvenes del continente africano. No fue un discurso sobre lo que deben evitar, sino sobre lo que están llamados a construir. La imagen que eligió —la de puentes— dice mucho. En un continente donde las fracturas sociales, los conflictos étnicos y la desigualdad económica marcan profundamente la vida cotidiana, se necesitan personas dispuestas a unir lo que está dividido.
Una visión que va más allá de la división
El mensaje papal invitaba a estos jóvenes a ser artesanos de unidad. No se trata de negar las realidades difíciles —la pobreza, la injusticia, los enfrentamientos entre comunidades—, sino de reconocer que hay una alternativa: la construcción. Quien edifica un puente no lo hace ignorando el abismo; lo hace precisamente porque sabe que el abismo existe y que atravesarlo juntos es posible.
Esta convocatoria llegó en un momento donde muchos jóvenes africanos viven bajo presiones enormes. Heredan historias de colonialismo, luchan contra sistemas que parecen funcionar en contra suyo, y sin embargo —y esto es lo que el Papa subrayaba— poseen algo que el mundo necesita desesperadamente: la capacidad de imaginar otro camino.
Inclusión y justicia como actos de fe
Cuando se habla de incluir, de buscar la justicia, de trabajar por la paz, no son consignas políticas. Son expresiones de una fe que entiende que cada persona lleva la imagen de Dios. Jesús no separaba a la gente; rompía las barreras que otros habían construido con tanto cuidado. Se sentaba con el recaudador de impuestos, escuchaba a la mujer samaritana, tocaba al leproso.
Los jóvenes a quienes iba dirigido este mensaje no necesitan sermones. Necesitan ver que hay un camino que no es el de la venganza o la indiferencia. Que la inclusión no es debilidad, sino coraje. Que la justicia no es un lujo para países ricos, sino el latido del corazón de Dios.
La verdadera revolución es relacional
Hay algo revolucionario en la idea de ser constructor de puentes. Mientras otros gritan consignas, mientras algunos lucran con el resentimiento y la división, estos jóvenes están siendo invitados a hacer algo más radical: a tenderse hacia el otro, a escuchar, a reconocer la dignidad donde otros ven solo diferencia o amenaza.
En barrios donde la violencia es moneda corriente, en ciudades donde la corrupción se respira en el aire, en espacios donde las comunidades han dejado de hablarse hace años, estos puentes no son metáforas. Son actos concretos. Un joven que decide estudiar no solo para sí mismo, sino para servir a su barrio. Una mujer que rehúsa la venganza y elige la reconciliación. Un grupo que se reúne no para planificar represalias, sino para soñar juntos un futuro diferente.
La pregunta que quedó en el aire
El llamado levanta una pregunta incómoda para cualquiera que lo escuche: ¿dónde estoy yo construyendo puentes? ¿En mi familia, en mi trabajo, en mi comunidad? ¿O reproduzco las mismas divisiones que veo a mi alrededor, por miedo, por costumbre, por comodidad?
Los jóvenes africanos no tienen todas las respuestas, pero parece que el Papa apostó por algo: que sí tienen el coraje de hacer la pregunta. Y eso, en tiempos como estos, es un acto profundamente espiritual.
Que estos jóvenes encuentren compañía en su camino. Que descubran que construir puentes es un acto de fe, no de ingenuidad. Y que quienes los rodeamos podamos reconocer en sus manos la obra del Espíritu, tejiendo lo que parecía irremediablemente roto.
Fuente: www.aciprensa.com
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