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Hay un momento en la vida de todo padre cuando ve el rostro de su hijo pidiendo algo. No importa qué sea. Lo que importa es ese instante donde la necesidad es real, el pedido es honesto, y el padre debe decidir. ¿Qué da? ¿Qué retiene? En esa fracción de segundo se revela quién es realmente ese padre.
«¿Quién de ustedes, si su hijo le pide pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pez, le da una serpiente? Pues si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre que está en el cielo dará cosas buenas a los que le pidan!»
Mateo 7:9-11; Lucas 11:11-13
Una pregunta que desenmascara nuestro miedo
Jesús dijo esto después de haber hablado sobre la oración. Sus discípulos acababan de escuchar que pidieran y recibirían, que buscaran y encontrarían, que tocaran la puerta y se les abriría. Pero algo en esas palabras generaba desconfianza. ¿Y si Dios no es como creemos? ¿Y si nos echa a perder la petición? ¿Y si detrás de las nubes hay alguien completamente distinto a un padre?
Por eso Jesús no discute ni argumenta. Simplemente pregunta: «¿Quién de ustedes…?» La pregunta es tan obvia, tan cercana, que no hay escapatoria intelectual. Toca la puerta de nuestra propia experiencia como hijos.
Lo que pasa en la cocina de un padre
Imagina a un niño pequeño, hambriento. Entra a la cocina donde su padre está. «Tengo hambre», dice. El padre ve ese rostro. Tiene pan en casa, también tiene piedras en el jardín. ¿Qué padre en su sano juicio daría una piedra? Nadie. Suena absurdo de solo pensarlo.
Pero Jesús plantea esto de una manera específica. No dice: «Un buen padre da pan». Dice: «¿Quién de ustedes daría una piedra?» Invierte la pregunta. La bondad no es excepcional; lo excepcional sería la maldad. Un padre que da una piedra cuando su hijo pide pan no es severo ni disciplinador. Es algo mucho peor: es maligno. Va contra su naturaleza.
El giro de Jesús es brutal. «Pues si ustedes, que son malos…» Nos llama malos. Pero no para condenarnos. Lo dice para demoler la excusa. Incluso siendo malos, siendo egoístas, siendo limitados, los padres dan pan. Entonces, ¿cuánto más el Padre que no tiene límites, que no es egoísta, que es puro amor?
Un detalle que cambia todo
Nota algo: Jesús no dice que el padre dé todo lo que el hijo pide. Habla de pan y pez, cosas necesarias. Hay un discernimiento ahí. El padre no da la piedra aunque se la pidan. Su bondad no es ciega. Distingue entre lo que el hijo necesita y lo que podría dañarlo.
Eso es lo que importa. No se trata de un Dios mágico que concede caprichos. Se trata de un Padre que mira a tu hijo, a ti, y ve qué es lo que realmente necesitas. A veces lo que pides es una piedra disfrazada de pan. Y un padre que te ama no te la da.
Vivir como alguien que tiene padre
¿Cuántas veces dejamos de pedir porque nos avergüenza? Porque creemos que Dios está ocupado con asuntos más graves. Porque pensamos que somos tan pequeños que nuestra hambre no importa. Esta parábola destroza eso. Tu hambre importa. Tu petición es escuchada. No porque seas importante, sino porque tienes un Padre.
Y hay algo más difícil aún: aprender a confiar cuando lo que recibes no es lo que esperabas. A veces el Padre da el pan, pero en forma distinta a como lo imaginaste. O en un tiempo que no era el tuyo. O de una manera que necesitaba que pasaras por el camino oscuro primero. La pregunta entonces no es: «¿Recibí?». Es: «¿Confío en que quien me lo dio sabe lo que hace?»
Para seguir meditando
¿De qué tengo miedo de pedir?
Muchas veces el miedo no es a la negativa, sino a la afirmación. Tenemos miedo de que si pedimos de verdad, el Padre dirá que sí, y eso nos obligará a cambiar. Pregúntate qué es lo que realmente no quieres pedir.
¿Cómo reconozco la bondad del Padre en lo que he recibido?
Mira hacia atrás. No solo en lo que pediste, sino en lo que viniste recibiendo sin pedir. En lo que parecía un no, pero fue un sí distinto. Ahí está la verdadera prueba de un Padre.
Padre, ayúdame a creer que cuando pido, alguien me escucha. Que no eres indiferente. Que reconoces mi hambre. Y dame el coraje para pedir como lo hace un hijo: sin vergüenza, confiado, seguro de que quien me ama no me engañará.
Referencia: Mateo 7:9-11; Lucas 11:11-13
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