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Imagina que alguien te confía algo valioso antes de partir. No te lo regala. Te lo deja en las manos. Mientras se va, tú estás ahí con eso que no es tuyo pero que tampoco puedes ignorar. ¿Qué haces? ¿Lo escondes para que no se pierda? ¿Lo arriesgas? ¿Esperas a que vuelva sin haber movido un dedo? Esa pregunta silenciosa es el latido de esta parábola.
Dijo pues: «Un hombre de linaje noble se fue a un país lejano para recibir la investidura de rey y volver. Llamó a diez siervos suyos, les entregó diez minas y les dijo: «Negociad mientras vengo». Pero sus conciudadanos lo odiaban y enviaron una embajada tras él, diciendo: «No queremos que éste reine sobre nosotros».
Y sucedió que cuando volvió, ya investido de la realeza, mandó llamar a aquellos siervos a quienes había entregado el dinero, para saber qué había granjeado cada uno con su comercio.
Se presentó el primero, diciendo: «Señor, tu mina ha producido diez minas». Le dijo: «Bien, siervo bueno; puesto que has sido fiel en lo poco, ten autoridad sobre diez ciudades».
Vino el segundo, diciendo: «Señor, tu mina ha producido cinco minas». Le dijo también a éste: «Tú, sé sobre cinco ciudades».
Vino otro, diciendo: «Señor, aquí está tu mina, que he tenido guardada en un sudario; pues tuve miedo de ti, porque eres hombre severo: llevas lo que no pusiste y siegas lo que no sembraste». Le dijo: «Por tu propia boca te juzgo, siervo malo. Sabías que soy hombre severo, que llevo lo que no puse y siego lo que no sembré; ¿por qué, pues, no pusiste mi dinero en el banco, para que al volver yo lo hubiera recobrado con los intereses?».
Y dijo a los presentes: «Quitadle la mina y dadla al que tiene diez minas». Le dijeron: «Señor, ¡tiene diez minas!». «Os digo que a quien tiene se le dará; pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado. Y a estos enemigos míos que no querían que reinase sobre ellos, traedlos aquí y matadlos en mi presencia».
Lucas 19:12-27
Cuando la fe se vuelve proyecto
Jesús cuenta esto cuando ya está cerca el final. Ha decidido entrar en Jerusalén, y sus discípulos todavía creen que va a liberar a Israel con un golpe de poder. Necesitan entender algo incómodo: entre ahora y el reino que esperan hay un tiempo de espera. Un tiempo donde él se irá. Un tiempo donde ellos tendrán que actuar sin verlo. La parábola llega justo ahí, en ese quiebre donde la fe deja de ser seguimiento físico y se convierte en responsabilidad solitaria.
Lo que realmente te encomienda
No se trata de dinero. No al menos del dinero como lo entendemos. La mina es el símbolo de lo que Jesús deja en manos de sus discípulos antes de partir: un don, una capacidad, una tarea. Y aquí está lo que nadie quiere escuchar: no te la da para que la guardes intacta. Te la da para que hagas algo con ella. «Negociad mientras vengo», dice. No es un permiso. Es casi una exigencia disfrazada de libertad. Porque hay algo que late bajo estas palabras: si esperas pasivamente, si proteges lo recibido sin arriesgarlo, habrás fallado en lo único que se te pedía.
El miedo que paraliza
El siervo que esconde la mina en un sudario nos mira directamente. Su lógica es perfecta: «Tuve miedo de ti, porque eres hombre severo». No es negligencia. Es prudencia mal entendida. Conoce al amo, sabe que es exigente, así que decide lo más seguro: no perder. Pero ese amo responde con algo brutal: «Sabías que soy severo, ¿entonces por qué no hiciste nada?». El miedo no justifica la inacción. De hecho, quien conoce realmente a quien confía en él no se queda congelado. Se mueve. Arriesga. Porque confiar significa creer que quien te encomienda algo también sostiene lo que pasa mientras lo intentas.
Dónde vive esta parábola hoy
Un padre deja a su hijo mayor cuidando la casa mientras sale. El hijo puede vigilar que todo esté bien o puede atreverse a recibir amigos, a vivir, a transformar esos espacios con su presencia. Una comunidad recibe recursos para ayudar. Puede archivarlos en informes que nadie lee o puede arriesgarse a experimentar, a fallar, a aprender. Alguien descubre que tiene un don: escribe, sana, enseña, lidera. Puede mantenerlo seguro o usarlo, sabiendo que usarlo significa la posibilidad de equivocarse. La parábola está en cada decisión donde entre el miedo y el riesgo, elegimos quedarnos pequeños.
Para seguir meditando
¿Qué has recibido que mantienes escondido por miedo?
No tiene que ser grande. Puede ser un talento, una relación, una voz que no usas. El miedo siempre da razones que suenan sensatas. Pero la parábola sugiere que no arriesgar es la verdadera pérdida.
¿Qué pasaría si confiases tanto en quien te encomienda algo como para actuar sin garantías?
Aquí cambia todo. No se trata de ser temerario, sino de creer que si el amo te confía la mina, también sostiene lo que ocurra mientras la usas.
Dame el coraje de no guardar lo que me has dado. No por arrogancia, sino porque sé que lo que confías en mis manos también está en las tuyas. Que pueda actuar, fallar, aprender, y seguir avanzando sin paralizarme en el miedo.
Referencia: Lucas 19:12-27
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