La oveja perdida: cuando importas más de lo que crees

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Hay un momento en la vida donde descubres que alguien te buscó cuando ya no sabías que podías ser encontrado. No es un descubrimiento teórico. Es físico: el alivio en el pecho, la sorpresa de no estar tan solo como creíste. Jesús contó una historia sobre esto, y no era para los que se sienten perdidos. Era para los que creen que ya no importan.

«¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas, y se le extravía una de ellas, ¿no deja las noventa y nueve en los montes, y va en busca de la que se extravió? Y si logra hallarla, os digo que se regocija más por ésa que por las noventa y nueve que no se extraviaron. Así, no es la voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno de estos pequeños».

Lucas 15:4-7; Mateo 18:12-14

Una respuesta a los que juzgaban

Jesús la dijo cuando estaba rodeado de gente furiosa. Los fariseos y maestros de la ley lo criticaban porque comía con recaudadores y pecadores. Para ellos, aquella gente era basura: cobradores de impuestos, mujeres de mala reputación, enfermos, débiles. ¿Por qué perder tiempo con quienes ya estaban perdidos? ¿Por qué buscar lo que no merecía ser buscado?

Entonces Jesús cuenta una parábola sencilla. Un pastor con cien ovejas. Una desaparece. Y él no se queda con las noventa y nueve seguras. Se va. Las deja solas. Se va por la una.

El cálculo que no tiene sentido

Un pastor racional haría mates: perder una para mantener noventa y nueve a salvo es un buen negocio. Pero el pastor de la parábola no piensa así. No sopesa riesgos. No calcula rentabilidad. Simplemente va.

Lo fascinante es que Jesús no dice que la encuentre. Dice que cuando la encuentra, se regocija más por esa una que por todas las otras. El gozo no es proporcional. No es «me alegra haber salvado el noventa y nueve por ciento». Es «encontré lo que estaba perdido», y eso cambia todo.

Detrás de esto hay algo revolucionario: tu valor no depende de tu productividad. No depende de ser útil o correcto o tener tu vida arreglada. Importas porque importas. El pastor no busca la oveja porque sea la mejor, la más obediente o la más rentable. La busca porque es la suya y se perdió.

Un detalle que cambia todo

Nota que el pastor se regocija. No solo la rescata como quien cumple una obligación. Se alegra. Invita a sus amigos a celebrar. «Alégrense conmigo, porque encontré mi oveja que estaba perdida».

Es importante porque nosotros tendemos a pensar que si somos rescatados, si volvemos, si nos encontramos de nuevo, deberíamos estar avergonzados. Deberíamos arrastrarnos de vuelta, pedir disculpas, merecer el perdón. Pero aquí el gozo es tan puro que se comparte. El pastor no se siente molesto ni condescendiente. Está feliz. Y quiere que todos lo sepan.

Cuando alguien te busca sin darte advertencia

Piensa en la gente que conoces y que siente que ya no importa. No solo pecadores en sentido religioso: gente que metió la pata, que fracasó, que se fue, que cree que ya no hay vuelta atrás. Esos amigos que desaparecen porque se avergüenza de cómo están. Esos familiares de los que no hablas.

La parábola dice algo radical: hay alguien que no espera a que regreses limpio y arreglado. Hay alguien que sale a buscarte ahora. No cuando tengas tu vida resuelta. Ahora. Mientras estés perdido.

Para seguir meditando

¿Hay algún rincón de tu vida donde crees que ya no hay búsqueda posible?

No necesitas creer que serás encontrado. Solo observa si hay una parte tuya que ha renunciado a serlo. Esa renuncia es el verdadero apartarse. Todo lo demás puede volver.

¿A quién conoces que necesita saber que se regocijan si regresa?

No con sermones. Solo con tu presencia, con la alegría verdadera de encontrarlo de nuevo. Eso es lo que Jesús cuenta: que hay gozo en el reencuentro, no castigo.

Si estoy perdido, que alguien me busque. Si he dejado de buscar a otros, devuélveme la alegría de encontrarlos. Y si ya fui encontrado, ayúdame a nunca olvidar que fue sin merecerlo, y con tanta alegría.

Referencia: Lucas 15:4-7; Mateo 18:12-14


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