Terremoto en Perú: fe y protección en medio del temblor

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Un sacudón de 7.2 grados llegó a las tierras altas de Perú el 20 de agosto. En Coracora, pueblo de montaña, los habitantes sintieron lo que cualquiera teme: ese movimiento de la tierra que te quita el piso. Pero cuando pasó, cuando la gente salió a la calle y contó lo que había pasado, la sorpresa fue otra. No había ruinas. No había desgracias. Las casas seguían en pie.

Lo que sucedió en las alturas

El sacerdote que sirve en la parroquia local, viéndose rodeado de sus feligreses ilesos, atribuyó lo ocurrido a la protección divina. Mencionó especialmente a la Virgen de las Nieves, la patrona que custodia ese rincón del país. Palabras simples, cargadas de gratitud. No era análisis de ingenieros ni reportes técnicos, sino la fe expresada por quien acompaña a un pueblo en sus momentos frágiles.

En lugares donde la fe es lenguaje común, donde la devoción a María forma parte del tejido cultural, estas palabras no resultan extrañas. Son el modo en que la gente honra lo que ha recibido, cómo nombra el misterio de haber estado vivo cuando pudo no estarlo.

María en la tradición de los Andes

En los pueblos de la cordillera americana, la devoción mariana no es cosa de libros. Está en los murales, en las procesiones, en los nombres de las montañas. La Virgen de las Nieves es venerada como presencia protectora en territorios donde la naturaleza es imponente y, a veces, amenazante. Cuando llega un terremoto, no es raro que la gente recurra a esa memoria de amparo que heredaron.

El Evangelio mismo sitúa a María como modelo de fe activa, no pasiva. Es ella quien dice que sí, quien acompaña, quien intercede. En comunidades que viven cercanas a fuerzas que no controlan, confiar en esa presencia maternal tiene raíces hondas.

Una pregunta que toca fondo

Cuando alguien sobrevive a un desastre, ¿qué hace con esa experiencia? Algunos se preguntan por qué ellos y no otros. Otros simplemente agradecen. El sacerdote de Coracora eligió la segunda opción, y la eligió públicamente. Eso invita a reflexionar: ¿reconocemos los momentos en que la vida nos es devuelta? ¿Tenemos un lenguaje para nombrar la protección cuando la experimentamos?

No se trata aquí de negar que otros lugares sufrieron daños, ni de resolver el misterio del sufrimiento con una frase piadosa. Se trata de algo más elemental: de aceptar la gratitud cuando viene, de permitir que la fe brote cuando la vida nos sorprende preservada.

Lo que queda después

Coracora sigue en pie. Sus habitantes respiran aliviados. Y un cura en una parroquia de montaña pronunció palabras de acción de gracias que, para quienes las escucharon, probablemente sonaron como lo que eran: un eco de fe que persiste, que resiste, que se atreve a ver la mano de Dios en lo cotidiano.

Por los pueblos que tiemblan, por las manos que construyen y reconstruyen. Por la fe que no necesita explicarse, solo vivirse. Que sepamos reconocer cuándo hemos sido protegidos y que ese reconocimiento nos haga más humanos, más cercanos a los que aún están esperando su propia salvación.


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