Haití: la Iglesia bajo fuego de pandillas

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Desde la Diócesis de Jérémie llega un grito que no podemos ignorar. El obispo Joseph Gontrand Décoste ha expuesto públicamente cómo la violencia de grupos criminales organizados se ha vuelto contra los templos, las escuelas parroquiales y la misión misma de la Iglesia en Haití. No es un episodio aislado ni una exageración pastoral: es el retrato de una crisis donde lo sagrado ya no está a resguardo.

Cuando la Iglesia se convierte en blanco

Lo que describe el obispo Décoste no tiene precedentes tranquilos. Las pandillas no solo siembran terror en las calles; han decidido atacar directamente a las comunidades de fe. Templos cerrados. Escuelas que dejan de funcionar. Parroquias que antes eran refugio ahora son lugares de riesgo. Es como si el sacrilegio se normalizara, como si la profanación fuera un acto más en la estrategia de dominio territorial.

Los números son fríos pero hablan: comunidades completas desalojadas, ministerios interrumpidos, catequesis suspendida. La Iglesia no desaparece, pero se repliega. Y ese repliegue tiene un costo espiritual que va más allá de lo visible.

La cruz como signo de resistencia, no de derrota

En los Evangelios, Jesús nunca prometió que sus seguidores estarían a salvo de la persecución. Al contrario: advirtió que serían odiados, que enfrentarían oposición. Pero también dejó claro que la última palabra no pertenece al mal. Cuando los apóstoles fueron azotados por defender la fe, se fueron regocijándose de haber sufrido por el nombre de Cristo.

No se trata de romantizar el sufrimiento. Se trata de reconocer que existe una cadena de testigos que ha pasado por lo oscuro y ha encontrado allí una verdad más profunda: que la fe no se sostiene en la seguridad ni en la comodidad, sino en algo que las pandillas no pueden tocar ni comprar.

Haití grita lo que callamos en otros lugares

La situación haitiana no es una anomalía remota. Es un espejo amplificado de algo que ya está sucediendo en otras partes: la marginación de la fe pública, el acoso a instituciones cristianas, la tentativa de silenciar la voz profética de la Iglesia. En Haití es violencia explícita. En otros contextos es presión legal, burla cultural, indiferencia sistemática.

El obispo Décoste, al denunciar, hace algo más que informar. Invoca a la conciencia global. ¿Quién escucha cuando grita un pastor por sus ovejas dispersadas? ¿Qué solidaridad se mueve en nosotros que vivimos en mayor estabilidad?

Una pregunta que nos toca

Este testimonio de Haití pregunta a quien lo lee: ¿Qué tan frágil es nuestra propia fe? ¿Depende de tener templos abiertos, escuelas funcionando, libertad sin riesgos? ¿O hemos aprendido a creer en lo esencial, en lo que ni el fuego ni el miedo pueden arrebatar?

No es una pregunta acusatoria. Es una invitación a examinar dónde está puesto nuestro corazón.

Por los hermanos en Haití que guardan la fe bajo amenaza. Por el obispo Décoste y sus pastores. Por la Iglesia perseguida, que nos enseña que el Evangelio vale más que cualquier seguridad. Que nuestra fe sea una semilla capaz de germinar aun en la piedra.

Fuente: www.aciprensa.com


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