La Asunción de María: cuerpo y alma en la gloria

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Hace poco más de setenta años, un Papa proclamó algo que la fe cristiana venía susurrando desde los primeros siglos: que María, madre de Jesús, no quedó en la tierra. Que su cuerpo y su alma fueron llevados a la presencia de Dios. No es una idea que surgió de repente. Es una verdad que los creyentes guardaban en el corazón, transmitida de generación en generación, hasta que la Iglesia la declaró oficialmente el 1 de noviembre de 1950.

Lo que la Iglesia proclamó

El Papa Pío XII, con la Constitución Apostólica que tituló Munificentissimus Deus, afirmó que María —la virgen sin mancha, la madre de Dios— una vez completado su camino en la tierra, fue asumida en cuerpo y alma a la gloria. No era una novedad improvisada, sino el reconocimiento de lo que los fieles habían creído y vivido durante siglos. Un dogma es, en el cristianismo, una verdad revelada que merece nuestra adhesión completa.

Una promesa que nos toca

Hay algo profundamente consolador en esta verdad. María fue la primera discípula, la que dijo «sí» cuando Dios le pidió que fuera madre. Y su destino final no es la tumba, sino la vida plena junto a su Hijo. Eso habla de lo que Dios quiere para nosotros también. Si ella, que caminó la tierra como mujer humana, alcanzó esa plenitud, entonces la resurrección y la vida eterna no son solo promesas lejanas. Son el destino que Dios tiene preparado para quienes lo siguen.

El rastro de una fe antigua

Esta creencia no nace en el siglo XX. Desde muy temprano, los cristianos honraron a María con una veneración especial. En oraciones y tradiciones, en los primeros escritos cristianos fuera de la Biblia, aparece la idea de que ella ocupaba un lugar singular. La proclamación oficial simplemente dio forma definitiva a lo que el Espíritu ya había plantado en el corazón de la Iglesia. Como cuando reconocemos en voz alta lo que siempre hemos sentido.

Un modelo que nos interpela

¿Qué significa vivir como vivió María? Ella no buscó protagonismo ni gloria terrenal. Fue sierva, disponible, dispuesta a cargar con lo que no entendía completamente. Su fe no fue la de alguien que tenía todas las respuestas. Fue la de una mujer que confiaba. Y esa es la invitación que su Asunción nos deja: no es el éxito o la comodidad lo que importa, sino la entrega leal a lo que Dios nos pide, día tras día.

Madre de Dios, tu cuerpo y tu alma descansan en la gloria. Haz que nosotros, que caminamos aún en esta tierra, confiemos como confiaste tú. Que tu ejemplo nos ayude a soltar lo que nos ata, a aceptar lo que se nos pide, y a esperar con esperanza el encuentro con tu Hijo.

Fuente: www.aciprensa.com


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