Un director cineasta regresa a Medjugorje tras 30 años

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Hay momentos en la vida que dormitan durante décadas y de repente despiertan. Para Erik Cotrina Pazos, ese momento llegó en Medjugorje, cuando después de treinta años volvió a confesarse. Lo que sucedió en ese encuentro sacramental no quedó guardado solo en su corazón: germinó en una película titulada «El Último llamado de María». Una historia de cine que comienza donde termina la confesión.

Cuando el Sacramento abre puertas inesperadas

Cotrina es director de cine, alguien acostumbrado a contar historias mediante imágenes. Pero aquella confesión en el santuario mariano de Bosnia y Herzegovina no fue un guion que tuviera preparado. Fue un regreso genuino, un acto de reconciliación después de tanto tiempo ausente. Y en ese acto íntimo entre el alma y Dios, pasó algo que lo movió a crear. No a predicar, sino a contar. A plasmar en película lo que había tocado en su espíritu.

La confesión, en la tradición católica, nunca fue pensada como un acto solitario. Es encuentro. Es diálogo donde la gracia remueve capas de olvido y negligencia. Para Cotrina, ese encuentro se transformó en vocación narrativa: la necesidad urgente de hablar de Medjugorje, de María, de lo que significa ese lugar para quien regresa después de perder la brújula.

Medjugorje: santuario de retornos

Medjugorje es un espacio donde ocurren estas cosas. No porque sea mágico, sino porque está hecho de esperanza concentrada. Desde los años ochenta, cuando comenzaron a reportarse apariciones marianas, se convirtió en destino de búsqueda. Millones han caminado por sus calles en procura de algo: conversión, sanación, claridad, perdón.

Para quienes vuelven después de décadas —como Cotrina— el encuentro es aún más tremendo. No regresas al mismo lugar. Regresas siendo otra persona. Los treinta años han dejado marcas. Y entonces Medjugorje no es solo un santuario geográfico, sino un espejo: ahí se ve quién fuiste, quién dejaste de ser, quién podrías volver a ser.

El cine como acto de fe

Que un realizador cinematográfico haya sentido la urgencia de hacer una película a partir de una experiencia espiritual habla de algo profundo. El cine, en manos de quien cree, no es distracción. Es testimonio. Es forma de decir a otros: «Esto que viví es real, y vale la pena mirarlo juntos».

«El Último llamado de María» emerge de ahí: de la convicción de que lo sucedido en una confesión particular tiene resonancia universal. Que el retorno de un hombre a la fe después de tres décadas no es anécdota privada, sino parábola que otros necesitan escuchar.

Una pregunta para quien lea esto

¿Cuántos años lleva tu propia brújula sin girar hacia lo que alguna vez importó? No se trata de culpa, sino de posibilidad. Si alguien como Cotrina pudo regresar, confesarse, y encontrar que el retorno era tan fecundo que germinó en arte, ¿qué podría germinar en tu propia vida si permitieras el regreso?

Espíritu Santo, toca los lugares donde dormimos alejados de Ti. No para condenarnos, sino para despertarnos. Haz que nuestros retornos sean fecundos, que nuestras confesiones sean encuentros reales, y que la gracia que tocó a Erik Cotrina encuentre también el camino hacia nosotros.

Fuente: www.aciprensa.com


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