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El Cardenal Jaime Spengler, quien preside la Conferencia Episcopal Latinoamericana, ha levantado una voz que resuena en tiempos de turbulencia. Su mensaje no es nuevo, pero cobra fuerza cuando lo pronuncia quien intenta articular la voz de millones de católicos en el continente: sin escuchar de verdad a quienes sufren las consecuencias del deterioro social y ambiental, cualquier respuesta que intentemos será hueca.
Cuando los pobres hablan y nadie los oye
No es simplemente que haya crisis. Es que ante ella, muchos de nosotros seguimos mirando hacia otro lado. El Cardenal señala algo que las comunidades eclesiales saben en sus entrañas: el diálogo real con los marginados es el camino que falta. No se trata de caridad desde la distancia ni de posiciones preconcebidas que buscamos confirmar. Se trata de sentarse, de estar presente, de permitir que la realidad de quienes viven en la pobreza cale en nuestras conciencias.
Hay algo que el poder nunca quiere hacer: callarse lo suficiente para oír. Y hay algo que la Iglesia siempre ha estado llamada a hacer: precisamente eso. Escuchar a los que menos tienen es no solo un acto de caridad, sino una exigencia del Evangelio que hoy se traduce en urgencia eclesial.
La voz bíblica que persiste
Los profetas de Israel jamás fueron predicadores de buenas noticias tranquilizantes. Jeremías, Amós, Isaías: todos ellos irritaban a los poderosos porque insistían en que Dios se pone del lado del vulnerable. En el Evangelio, Jesús no busca al rico que duda; busca a la viuda que echa sus últimas monedas. No va donde le ofrecen comodidad; va a los leprosarios, a los impuestos, a las mujeres sin nombre.
Cuando hablamos de escuchar a los pobres, no innovamos. Recuperamos una columna vertebral de la fe que ha existido siempre, aunque muchas veces institucionalizada la hemos olvidado. El hambre de justicia que Jesús proclama bienaventurada no es una posición política. Es una brújula espiritual.
El diálogo como camino, no como conclusión
Spengler no propone simplemente tener conversaciones bonitas. Habla del diálogo como herramienta transformadora. Esto significa que los pobres no son objeto de nuestras políticas ni ejemplos de nuestros sermones. Son sujetos de su propia historia, portadores de una sabiduría que nace del sufrimiento y que nosotros necesitamos incorporar.
Hay una diferencia abismal entre *hablar a* los pobres y *hablar con* los pobres. Entre decidir por ellos y decidir junto a ellos. El llamado del Cardenal es una invitación a cruzar esa frontera que el orgullo y la prisa nos mantienen impidiendo atravesar.
Una pregunta que no podemos evadir
Si afirmamos creer en un Dios que escucha el clamor de los oprimidos, ¿por qué nosotros, sus comunidades, somos tan sordos? ¿Qué miedos nos impiden sentarnos realmente con quien mendiga, quien vive en un basural, quien ha visto arrebatarse su tierra? ¿A qué renunció Jesús de sí mismo en su encarnación que nosotros aún no hemos renunciado?
Señor, abre nuestros oídos. No para escuchar lo que esperamos oír, sino lo que necesitamos escuchar. Dame el silencio necesario para que la voz de quien sufre penetre mi corazón. Y dame el coraje para cambiar no solo mis palabras, sino mis acciones.
Fuente: www.aciprensa.com

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