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Cuando la tierra tiembla y miles de vidas se pierden en segundos, la fe tambalea también. Venezuela enfrentó una catástrofe sísmica que dejó miles de muertos y decenas de miles sin hogar. En medio del escombro y la desesperación, un obispo se atrevió a responder la pregunta que nadie quiere hacer: ¿dónde está Dios cuando todo se desmorona?
El terremoto que sacudió más que la tierra
Los números hablan de destrucción: casi cinco mil vidas perdidas. Pero detrás de cada cifra hay un rostro, una familia que despierta a un mundo irreconocible. Las ciudades quedaron convertidas en ruinas, las casas desaparecieron, los servicios básicos colapsaron. No es solo un desastre natural; es un quiebre en la cotidianidad, un momento en que lo seguro se vuelve frágil.
Frente a esto, la fe de muchos creyentes se resquebraja. No es falta de fe, es honestidad. Es la pregunta que Job gritaba desde su dolor, que los salmistas repetían en la noche oscura. ¿Por qué permite Dios esto? ¿Dónde estaba en el segundo cero?
Cuando un pastor habla desde la tribulación
El obispo no eludió la pregunta. No vino con respuestas fáciles ni con frases tranquilizadoras que suenen huecas en boca de quien nunca perdió nada. En cambio, se colocó en el mismo lugar que sus ovejas: en la incertidumbre, en el dolor, pero también en la fe que persiste a pesar de todo.
Su testimonio apunta hacia algo que la Escritura conoce bien: Dios no está ajeno al sufrimiento de sus criaturas. No es un espectador distante. El Dios cristiano es uno que eligió bajar, encarnarse, sufrir en cruz. Eso no explica cada tragedia, pero sitúa a Dios dentro del dolor, no fuera de él.
La fe que pregunta sin abandonar
Hay un espacio legítimo entre creer y comprender. Los santos lo sabían. Teresa de Ávila discutía con Dios. Jeremiah se quejaba ante él. La Biblia está llena de personas que gritan su dolor a los cielos sin perder la relación con quien los escucha.
Lo que el obispo señala, aunque sea indirectamente, es que seguir a Cristo no es un salvoconducto contra el sufrimiento terrestre. Es, más bien, una invitación a no enfrentarlo solos. Es la certeza de que existe alguien que conoce nuestro llanto porque lloró también. Que entiende la injusticia del dolor inocente porque cargó con una cruz que no merecía.
Para los que quedan en pie
Después de un terremoto, vienen las réplicas. Después de una tragedia, viene la pregunta que no se va. Los creyentes en Venezuela, los que perdieron todo, seguirán buscando respuestas. Y está bien. Dios no pide que fingir comprensión, sino que sigamos buscándolo. Que sigamos juntos en la oscuridad, porque la verdadera fe no es la ausencia de dudas, sino el coraje de dudar en compañía de otros que también creen.
Por quienes hoy lloran a sus muertos. Por manos que se atrevan a construir nuevamente, aunque duela. Por la fe que se quiebra pero no se rinde. Que encuentren, en cada paso adelante, la presencia callada de un Dios que sufre con ellos.
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